mero

Nunca he tenido ninguna duda que el más grande arquitecto que ha dado este mundo es la propia naturaleza. Durante millones de años, con paciencia franciscana (aquella que supone un preciado don para quien la ejercita), unas manos invisibles han esculpido a su antojo la faz de la tierra, incluidos, por supuesto, los fondos marinos de nuestros océanos. Y si hay un lugar en el que me gusta recrearme con el caprichoso diseño arquitectónico del lecho marino es Illa Murada, al norte de Ibiza, donde la construcción se convierte en auténtico arte conceptual, donde el sentido de la obra, de la idea, prevalece sobre aspectos estéticos o formales.

Al noreste del Puerto de Sant Miquel –inconfundible por la presencia de grandes bloques de apartamentos y hoteles en la ladera de levante (la naturaleza no es el único arquitecto que trabaja por esta preciosa cala)- se encuentra esta pequeña isla, en realidad es sólo una gran roca plantada frente a la costa con grandes paredes acantiladas que le dan el aspecto de una verdadera fortaleza medieval. Pero, curiosamente, su nombre –Illa Murada- no hace referencia a su aspecto, sino a una antigua muralla de la época fenicia que hay al borde de sus acantilados y de la que hoy sólo quedan algunos restos. Esta es una de las inmersiones preferidas de los centros de buceo de Sant Miquel y de otros puertos cercanos como Portinatx, como es el caso del Centro de Buceo Subfari, que fue el que nos llevó la última vez hasta aquí.

Fondeamos en el lado norte de la isla, contemplando las inmensas paredes verticales que parecen cortadas a pico y que hoy se han convertido en refugio de gaviotas y pardelas. Pero lo más espectacular de este edificio en medio del mar no se ve a primera vista, hay que sumergirse en estas limpias aguas para descubrir la esencia de esta obra de la naturaleza. Los acantilados se prolongan con el mismo vértigo hasta superar los 35 metros de profundidad. La silueta de los buceadores flotando a contraluz con el sol de la tarde entre las almenas de este castillo submarino es absolutamente sublime.

Pero antes de centrarnos en las paredes de esta muralla, vamos hacia el foso, buscando siempre, en primer lugar, la cota más baja de la inmersión para luego ir ascendiendo poco a poco.  En el lado norte, cuando las rocas de tamaño mediano se alternan con el fondo arenoso nos encontramos un fantástico escenario submarino formado por una extensa estructura de mosaico fragmentado por estrechos pasillo (de apenas metro y medio de ancho por más de cuatro de profundidad) al que yo siempre he llamado el Laberinto del Merotauro porque hace ya algunos años recorriendo estos intrincados corredores me llevé un susto de muerte al toparme con un mero que era casi como un toro de grande…, me imagino que en todo este tiempo, al igual que se narra en el famoso mito griego, apareció algún héroe al más puro estilo de Teseo con otra espada mágica y se lo cargó de un plumazo… No obstante, en esta última inmersión he podido ver algún que otro merito de tamaño medio, muy confiado y amigable.

Recorrido este escenario de leyenda, sin necesidad de tener que utilizar el ovillo de Teseo para no perdernos, volvemos a la muralla de roca para explorarla. La pared está completamente horadada con cuevas, cavernas y túneles submarinos, a modo de grandes ventanales góticos donde la luz del sol se cuela e ilumina las zonas más cercanas al exterior, mostrando bellos contraluces con los que un fotógrafo submarino se volvería loco disparando a diestro y siniestro. Se trata de un sistema de túneles que perforan toda esta parte de la isla y que se adentran en ella alcanzando hasta los 18 metros de profundidad. En esas cuevas podemos encontrar a la fauna típica de estos lugares como cangrejos, quisquillas, langostas y algún congrio. Uno de los grandes atractivos es observar el azul del mar, sereno y pacificador, desde dentro de estas galerías a través de las numerosas ventanas de luz que ofrece esta impresionante pared. Ya en el exterior, mientras iniciamos el camino de vuelta a superficie, podemos entretenernos contemplando la gran biodiversidad del lugar, formada por pulpos, salmonetes, morenas y, si hay suerte, algún pez luna o, por que no, algún merotauro que otro.

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